Daniel Rodrigo Vicente Pérez

  • Reflexión final del Curso organizado por la REEDEPA “Más allá de la Nueva Escuela Mexicana: Pedagogías Alternativas para el futuro que viene”.

El contexto actual que enfrentamos en el planeta y que se expresa con mayor fuerza en los países del Sur Global, nos obligan a repensar los procesos educativos que
implementamos y la necesidad de posicionar a la educación ambiental como una
estrategia necesaria y urgente para la formación de una ciudanía consciente y activa
frente a las diversas crisis actuales.

El fenómeno actual ha sido definido por el PNUMA (2021) como una “triple crisis
ambiental”, la cual es la expresión de tres problemas interrelacionados: el cambio
climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, los que se expresan de forma individual, pero también interactúan.

Cada una es una crisis en sí misma, pero también convergen y se retroalimentan, por lo cual hoy en día se habla más bien de una crisis ambiental, policrisis o megacrisis. Sus impactos se amplían generando otros problemas y afectaciones a las personas, tales como crisis económicas, sanitarias, de alimentos, afectación a los derechos humanos, a múltiples formas de vida y especialmente a las comunidades más vulnerables.

Esta crisis genera un grave deterioro de los sistemas naturales que sustentan la vida, lo cual nos obliga a pensar cómo desde la educación debemos hacer un aporte a fortalecer a las comunidades para que, desde sus saberes, desarrollen conocimientos y habilidades para modificar las relaciones que se han establecido con la naturaleza en su entorno local, fomentando la “comprensión cabal y crítica de estas relaciones y promover actitudes y comportamientos responsables en los ciudadanos” (Castillo, 2007, p. 43). Aquí, la educación ambiental recobra valor con sus aportes desde la perspectiva constructivista y crítica para abrirnos espacios de reflexión, cuestionamiento y propuestas frente a los modelos hegemónicos de producción y consumo que nos han llevado a esta crisis.

La educación ambiental en su evolución desde la década de los 70, ha pasado por
diferentes enfoques, sin embargo, ha reconocido desde sus inicios que el proceso
educativo no pasa solo por una formación individual, sino que debe tender al colectivo, tanto por el intercambio que se da entre los diferentes integrantes del proceso educativo, como en la concepción amplia del ambiente, entendido como un sistema complejo y dinámico, conformado por el ser humano y su entorno natural y construido, considerando a la sociedad, naturaleza, economía, política, cultura y todas las interacciones que se dan entre ellas.

En esta línea, González Gaudiano (2001), propone una conceptualización amplia de la educación ambiental, donde los ámbitos formales y no formales (o comunitarios) se expresan de manera simultánea, promoviendo una “educación interdisciplinaria, abierta a las necesidades de la comunidad, encaminada a la solución de problemas concretos, que suponga no sólo la adquisición de conocimientos y técnicas, sino el despliegue de prácticas comunitarias a ejercer sobre medios determinados y con un carácter permanente” (p. 149).

Diferentes experiencias en América Latina, basadas en diversas pedagogías alternativas, buscan aportar al reconocimiento de valores comunes y mecanismos de articulación local que promuevan una reflexión crítica desde el colectivo y una búsqueda de nuevas formas de aprender, de relacionarse, de pensar y de actuar, para proponer alternativas a los modos hegemónicos impuestos principalmente desde países del Norte Global.

Estas pedagogías alternativas también buscan cambiar el orden de las cosas,
promoviendo miradas desde la complejidad y desde un análisis crítico a la integralidad de los procesos sociales, políticos y productivos. La separación que se ha dado entre naturaleza y sociedad, propia del pensamiento moderno, conduce a una visión simplificada de estas relaciones, dejando de considerar la realidad integrada y sus múltiples interacciones.

Las pedagogías alternativas promueven, también, desde diferentes puntos de partida, estrategias innovadoras fundamentadas en tendencias educativas que pretenden ser renovadoras del hecho educativo (Pérez et al., 2016) y de esta forma acercarse a un conocimiento más situado, pertinente y adaptable a las realidades de las escuelas y de las comunidades.

Entre estas iniciativas destaca la propuesta de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), la cual se caracteriza por una estructura que integra a la comunidad, que releva los derechos y la dignidad de las personas, que fomenta la identidad con México, la responsabilidad ciudadana, la conciencia social y el bienestar (Subsecretaría de Educación Media Superior, 2023), y de esta forma se consolida como una referencia entre los modelos educativos para otros países de Latinoamérica. Sánchez y Castañeda (2025) reconocen que la NEM es “un proyecto ambicioso que busca redefinir el sentido de la educación pública, el papel del docente y la naturaleza misma del aprendizaje” (p. 9), en consonancia con lo planteado anteriormente, releva el valor de una educación centrada en el humanismo y en la equidad, basada en la articulación entre escuela, comunidad y territorio.

Si bien, como toda gran reforma, la NEM ha experimentado dificultades en su
implementación, Sánchez Aguilar y Castañeda (2025), destacan que “entre los principales obstáculos se encuentran la falta de acompañamiento pedagógico, la escasez de materiales, los grupos numerosos, y la brecha entre las expectativas de la reforma y la realidad cotidiana” (p. 11), sin embargo, también se requiere el tiempo necesario de maduración a un proceso como este, para que pueda ponerse a prueba en diferentes contextos e integrarse más análisis, evaluaciones y mejoras necesarias para su implementación.


Finalmente, la convergencia entre la educación ambiental y la NEM no es solo
coincidente, sino profundamente sinérgica: ambas apuestan por un humanismo
transformador que entiende al individuo no como un ente aislado, sino como un actor de su comunidad y territorio. Al integrar la conciencia crítica sobre la crisis ambiental en el núcleo de la educación, la NEM proporciona el marco pedagógico ideal para que los saberes locales y la sustentabilidad dejen de ser contenidos periféricos y se conviertan en ejes articuladores del bien común.

Así, la educación ambiental se presenta para materializar los principios de
responsabilidad, dignidad y justicia socioecológica que la NEM promueve, sentando las bases para una pedagogía capaz de formar sujetos conscientes, críticos y comprometidos con su entorno, demostrando que la verdadera educación radica en la capacidad de responder, con sentido de comunidad, a los desafíos urgentes.

Referencias Bibliográficas
Castillo, A. (2007). ¿Educación Ambiental sin Ecología? en: González Gaudiano, E.
(Coord.) La educación frente al desafío ambiental global: Una visión latinoamericana (pp. 43-56). Plaza y Valdés México

González Gaudiano, E. (2001). Otra lectura a la historia de la educación ambiental en
América Latina y el Caribe. Desenvolvimento e Meio Ambiente, (3). Editora da UFPR.
http://www.ecologiasocial.com/biblioteca/GonzalezGhisotiraEducAmbALat.pdf

Pérez, A. A., Africano, B. B., Febres-Cordero, M. A. y Carrillo, T. E. (2016). Una
aproximación a las pedagogías alternativas. Educere, 20(66), 237-247.

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. (2021). Making Peace with Nature A scientific blueprint to tackle the climate, biodiversity and pollution emergencies. Nairobi. https://www.unep.org/resources/making-peace-nature

Subsecretaría de Educación Media Superior. (2023). La Nueva Escuela Mexicana (NEM): orientaciones para padres y comunidad en general. Secretaría de Educación Pública Ciudad de México (CDMX)

Sánchez Aguilar, M. y Castañeda, A. (2025). La Nueva Escuela Mexicana: entre los
ideales de transformación y los desafíos de su implementación. Revista Enseñanza de las Matemáticas y Experiencias Docentes, 1(3), 9–12. https://doi.org/10.24844/REMED/0103.00


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